La OIV quiere llevar el vino patrimonio cultural Unesco OIV a un reconocimiento internacional formal. La propuesta se puso sobre la mesa el 13 de abril en Verona, durante Vinitaly, en una mesa redonda organizada junto al Ministerio de Agricultura de Italia. El debate llegó en un momento especialmente tenso: en Bruselas avanzan las etiquetas de advertencia sobre el alcohol y parte de los consumidores más jóvenes se aleja del vino. Por tanto, la pregunta de fondo no es si el vino tiene valor cultural. Es si ese valor tiene peso suficiente para frenar una regulación que lo trata como cualquier otra sustancia alcohólica.

John Barker, director general de la OIV, sostuvo que el vino es un bien cultural que forma parte de la historia humana desde hace más de 8.000 años. Desde Georgia, el ministro David Songulashvili aportó el ejemplo más antiguo: 500 variedades autóctonas de uva y la tradición del qvevri, ya reconocida por la Unesco en 2013. Serbia anunció que ha iniciado el trámite para inscribir las bodegas históricas de Negotin en el Patrimonio Mundial. Asimismo, Marzia Varvaglione, presidenta del Comité Europeo de Empresas del Vino, puso cifras al argumento: 15 millones de personas visitaron bodegas europeas el año pasado y generaron más de 17.000 millones de dólares. Hay 1.700 denominaciones protegidas en Europa, cada una vinculada a un lugar y a una historia. En definitiva, no es un debate abstracto: es un debate sobre territorio, empleo y cultura.
La presión regulatoria que lo explica todo
El ministro italiano Francesco Lollobrigida rechazó que el vino pueda tratarse como una sustancia peligrosa sin más matices y criticó las propuestas de etiquetado de Bruselas. El argumento de Sandro Sartor, presidente de Wine in Moderation, fue distinto pero complementario: donde el vino está integrado culturalmente desde hace siglos, el consumo tiende a ser más moderado y responsable. Sin embargo, el debate no es solo europeo. En Estados Unidos, el ex cirujano general Vivek Murthy pidió incluir advertencias sobre cáncer en las bebidas alcohólicas, y las nuevas guías alimentarias para 2025-2030 sustituyeron los límites clásicos por una recomendación más amplia hacia el consumo reducido de alcohol.
Lo que una candidatura Unesco cambiaría y lo que no
Barker dejó abierta la puerta a una candidatura formal ante la Unesco. Italia ya ha seguido ese camino con su cocina. Una eventual declaración no cambiaría por sí sola las leyes sobre etiquetado, pero sí podría influir en cómo gobiernos e instituciones hablan del vino patrimonio cultural Unesco OIV. Barker lo cerró con una idea que desde Junguitu compartimos: reconocer el vino como cultura no busca que la gente beba más. Busca que participe en una experiencia cultural compartida. Esa distinción es la que el sector necesita instalar en el debate público con más fuerza y más urgencia.
