El sector vitivinícola de Chile se enfrenta a un escenario complejo y paradójico. Mientras la superficie de viñedos disminuye de forma acelerada, provocando una caída sostenida en la producción y las exportaciones, los precios de la uva en el mercado interno han comenzado a dispararse. Este fenómeno sitúa a la industria chilena en una posición atípica frente a la tendencia global de exceso de oferta y precios bajos, planteando serios desafíos para su competitividad futura.
El impacto de la reducción de superficie cultivada
La eliminación de viñedos en Chile se ha intensificado desde la temporada 2023-2024, según los registros del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG). Aunque las cifras oficiales ya muestran un descenso considerable, diversos actores del sector sugieren que la magnitud real de esta reducción podría ser incluso mayor de lo reportado. Esta pérdida de hectáreas ha provocado que la producción de vino encadene cuatro años consecutivos de descensos, situándose en 2025 en torno a los 838 millones de litros.
Esta menor disponibilidad de materia prima ha tenido un efecto inmediato en la balanza comercial. Si en 2017 el país lograba exportar 940 millones de litros, en 2025 esa cifra ha caído hasta los 693 millones de litros, afectando tanto al segmento del vino embotellado como al granel. El consumo local, por su parte, no logra compensar este retroceso en los envíos internacionales, lo que obliga a la industria a una profunda reflexión estratégica.
La paradoja de los precios: Chile frente al mundo
A pesar del retroceso productivo y comercial, el mercado interno chileno presenta una tendencia de precios alcista que contrasta con el panorama internacional. Mientras en otras regiones productoras el exceso de stock hunde los valores, en Chile la escasez de oferta ha impulsado los precios de la uva:
- Variedades tintas: Han alcanzado un precio mínimo garantizado cercano a los 250 pesos chilenos por kilo.
- Variedades blancas y tintoreras: El Sauvignon Blanc y el Chardonnay superan ya los 400 pesos por kilo.
Este incremento de costes, aunque puede suponer un alivio coyuntural para algunos productores de uva, genera interrogantes sobre la rentabilidad final de las bodegas exportadoras, que deben competir en un mundo donde los precios medios tienden a la baja debido a los altos volúmenes de otros países.
Hacia una estrategia basada en datos fiables
Expertos y líderes de la industria insisten en que este ajuste estructural requiere una respuesta coordinada y basada en información precisa. Se reclama un diagnóstico exhaustivo sobre las hectáreas eliminadas, las variedades que permanecen sin explotar y el tipo de clones que se están plantando en las nuevas áreas, con el fin de anticipar posibles déficits de vino a corto plazo.
El futuro del vino chileno dependerá de su capacidad para equilibrar la reducción de superficie con una mayor eficiencia productiva por hectárea. Solo mediante una política clara y una visión a largo plazo se podrá recuperar el terreno perdido internacionalmente sin descuidar la sostenibilidad económica interna de un sector vital para la economía del país.
