Hay jornadas que quedan grabadas en la memoria de quienes vivimos por y para el vino. El pasado lunes, tuve la inmensa suerte de asistir a una cita verdaderamente histórica en el nuevo espacio de enoturismo de Bodegas Amézola de la Mora, en Torremontalbo.
Bodegas Familiares de Rioja celebraba su XXXV aniversario por todo lo alto, reuniendo a casi un centenar de bodegueros de la asociación y de sumilleres y profesionales del sector procedentes de Rioja y regiones limítrofes. ¿El maestro de ceremonias? Nada menos que Ferran Centelles, una de las figuras más respetadas de la sumillería mundial, colaborador de JancisRobinson.com y elBullifoundation.
El reto de la jornada, patrocinado por DIAM Bouchage (líder en tapones de corcho tecnológicos), era profundizar en un concepto fascinante: el vino de guarda.
Como bien nos recordó Ferran al iniciar la sesión con su habitual genialidad: “El temps fugit para los humanos, pero no para el vino”. ¿Por qué guardamos vino en el calado y no guardamos leche o vodka? La respuesta es pura magia química y filosófica. El vino es una de las pocas bebidas metaestables capaces de evolucionar, de detener o mantener el paso del tiempo, transformando sus características organolépticas para regalarnos una complejidad que a los humanos nos obsesiona. De hecho, matemáticamente está demostrado que un vino fino bien envejecido incrementa su valor una media de un 4,1% anual. Pero para que eso ocurra, se necesita una condición indispensable: el vino debe salir ya con un valor base muy alto desde la bodega.
Para demostrar esta capacidad de resistencia al tiempo, Ferran seleccionó etiquetas de alta gama de las regiones del viejo mundo más prestigiosas (aquellas que dominan el mercado del coleccionismo según el Power 100): Champagne, Alsacia, Borgoña, Burdeos y el valle del Ródano.
Tengo que confesar que la cata fue una auténtica clase magistral. A continuación, os comparto impresiones y las reflexiones que desgranamos de cada una de las botellas:
1. Champagne Jean-Louis Vergnon "Le Mesnil" Grand Cru (Añada 2012)
Comenzamos el viaje en Le Mesnil-sur-Oger, uno de los 17 pueblos clasificados como Grand Cru en la Champaña. En esta región, la mención Grand Cru aplica a la totalidad del municipio. Catamos una joya nacida de una cooperativa que ha sabido prevenir y evolucionar enormemente en las últimas décadas. Proveniente de la mítica añada 2012 —marcada por una helada primaveral que redujo drásticamente la producción pero concentró la calidad de manera excepcional—, este Blanc de Blancs (100% Chardonnay) se elaboró sin fermentación maloláctica y con un dosage de 7,8 g/l.
A pesar de sus 14 años, ¡está hecho un auténtico bebé! Se muestra salino, vibrante, extraordinariamente joven. Ferran abrió un debate interesantísimo sobre por qué el límite óptimo de las levaduras en el método tradicional ronda los 10 años, momento en el que la autólisis llega a su plenitud antes de dar paso a oxidaciones desprotegidas. Un espumoso imponente que demuestra el valor del tiempo.
2. Riesling Domaine Hugel "Schoelhammer" Grossi Laüe – Grand Cru Schoenenburg (Añada 2016)
Nos trasladamos a Alsacia con la mítica familia Hugel, elaboradores de generaciones y generaciones. Aquí el concepto Grand Cru cambia respecto a Champagne: no define al pueblo, sino a un viñedo singular (en este caso, el histórico pago de Schoenenburg), y la mención Grossi Laüe (grandes viñas) identifica a las mejores hileras dentro del mismo. La añada 2016 fue tardía y seca en Alsacia, lo que propició la aparición de una sutil y noble podredumbre gris (botritis). Elaborado con una vinificación netamente reductiva en viejos foudres de madera para proteger la pureza del fruto, el vino es un monumento a la tipicidad.
Una finura excepcional. En nariz ya asoman esas deseadas notas de hidrocarburo, un marcador de calidad que Ferran nos explicó científicamente, muy ligado al sol y al estrés de la planta en variedades como el Riesling o nuestra Garnacha Blanca. En boca mantiene cítricos vivos, almendra fresca, un toque de azúcar residual y una nitidez táctil que es pura seda.
3. Beaune "Les Grèves" Premier Cru – Domaine Jacques Prieur (Añada 2018)
Para este vino tuvimos una sorpresa didáctica brutal. Se nos mostró el plano estadístico de los viñedos de Borgoña de 1861, un documento histórico muy anterior a las clasificaciones oficiales de la INAO. En aquel mapa, el viñedo de Les Grèves, en el pueblo de Beaune, ya estaba catalogado como "Primera Clase" (lo que hoy equivaldría a un Grand Cru si el municipio tuviera esa categoría oficial). Catamos la añada 2018 de Domaine Jacques Prieur, un año sumamente cálido en Borgoña. Técnicamente, este Chardonnay cuenta con prensado de racimos enteros, fermentación íntegra en roble y 100% de fermentación maloláctica, con una crianza de 18 meses.
Es un vinazo, untuoso, largo, con marcadas notas lácticas y de mantequilla. Ferran bromeaba con que en España los sumilleres criticamos a veces el exceso de madera, pero en Borgoña se acepta con naturalidad porque el vino tiene la estructura necesaria para integrarla con los años. Una delicia.
4. Chateau Carbonnieux – Grand Cru Classé de Graves (Añada 2019)
Cruzamos a Burdeos para entender el tercer concepto de Grand Cru Classé: aquí no se clasifica ni el pueblo ni el viñedo, sino la marca comercial o propiedad histórica. Chateau Carbonnieux es un emblema de Pessac-Léognan. Bajo la asesoría histórica de la escuela de Denis Dubourdieu (maestro de la precisión), este ensamblaje de Sauvignon Blanc y Semillón fermenta en barrica (25% nueva) y se cría durante 10 meses.
Es la antítesis de la opulencia borgoñona; aquí manda la precisión platónica, el nervio y el frescor frutal. Su color se mantiene increíblemente brillante y joven. Sirvió para que Ferran nos diera una lección magistral: la evolución del vino en botella es mucho más compleja que la simple "oxidación". Entran en juego factores como la hidrólisis y la condensación de macromoléculas, procesos en los que el taponado técnico juega un rol estricto.
5. Volnay "En Les Mitans" Premier Cru – Domaine de Montille (Añada 2017)
Regresamos a Borgoña, pero esta vez para catar un tinto delicadísimo de la mano de Hubert de Montille, uno de los productores más ortodoxos, tradicionalistas y defensores de la pureza del Pinot Noir. Este vino se elabora utilizando un porcentaje importante de racimo entero (raspón). Volnay es un pueblo famoso por la finura de sus tintos, y el viñedo En Les Mitans (también Primera Clase en el mapa de 1861) se ubica a media ladera, en la zona de máxima calidad edáfica.
Una auténtica seda en boca. A pesar del uso del raspón, el perfil vegetal está perfectamente integrado, dejando paso a notas fragantes de cerezas en licor. Ferran aprovechó para recordarnos un detalle técnico crucial para los vinos de guarda: las whisky-lactonas (las moléculas del tostado de la madera) son tan "cojoneras" que no se combinan con otros elementos del vino; permanecen inmutables con los años, por lo que el uso de la madera debe ser quirúrgico si no queremos que tape la finura terciaria del vino viejo.
6. Clos des Jacobins – Saint-Émilion Grand Cru Classé (Añada 2018)
Pasamos a la orilla derecha en Burdeos, a una propiedad histórica cuyo nombre evoca un antiguo hospicio medieval. En Saint-Émilion, el concepto de vecindad es fundamental, y Clos des Jacobins se sitúa en la codiciada Côte Calcárea, alineado con el perfil estilístico de productores personalizados como Chateau Ausone. La añada 2018 fue muy potente en Burdeos (lluviosa al inicio y extremadamente cálida al final), dando vinos de enorme concentración tánica. Se vinificó con una larga maceración de 31 días con pieles y un 60% de barrica nueva, bajo la asesoría de Hubert de Boüard (remando a favor del frescor).
Un vino imponente, estructurado pero con una textura tánica que busca la sedosidad. Está jovencísimo y con un potencial de guarda kilométrico. Aquí Ferran aportó otro dato científico vital: las piracinas (esos aromas a pimiento verde o hongo) tampoco se combinan ni desaparecen del todo en la botella con el tiempo; por ello, la búsqueda de la madurez fenólica en viñedo es clave para los tintos de guarda.
7. Domaine du Pégau "Cuvée Réservée" – Châteauneuf-du-Pape (Añada 2020)
Terminamos la cata con la fuerza del Ródano sur. Una denominación donde, históricamente, el diseño de la propia botella (con el escudo de las llaves papales grabado en el vidrio) funciona como un imán visual fortísimo para el consumidor. Catamos un ensamblaje clásico de viñedos viejos (75% Garnacha, 10% Syrah, 10% Mourvèdre y otras variedades locales) que cofermentan juntas en bodega. Su elaboración es puramente tradicional: despalillado completo, largas crianzas en foudres tradicionales de roble y depósitos de hormigón.
Sin duda, el vino más maduro, complejo y terciario de la mañana. Ofrece una explosión de fruta negra sazonada, higos y recuerdos nítidos mediterráneos. Una boca jugosa, de tanino dulce y maduro, apuntalada por una maravillosa acidez que demuestra la resiliencia de la Garnacha en climas cálidos.
Una conclusión que nos toca de cerca
Tras la espectacular sesión de cata, disfrutamos de un rato de conversación donde pudimos catar un gran número de etiquetas de las Bodegas Familiares, charlando cara a cara con los productores.
Me quedo, sin duda, con las palabras de aliento que Ferran Centelles dedicó a nuestras bodegas, en estos tiempos complejos para el sector. Nos recordó que las grandes regiones del mundo seguirán haciendo vino como lo han hecho durante miles de años, y lanzó un mensaje de orgullo que nos debe hacer reflexionar: “Rioja es una de las grandes zonas productoras del mundo, con vinos al nivel de los Borgoñas o los Burdeos que hemos probado hoy”.
El camino está claro: poner en valor nuestra tierra, a nuestros viticultores y a nuestros bodegueros. Apostar por el origen, por la identidad de nuestros pueblos y por la paciencia que exige esa viticultura de precisión. ¡Feliz XXXV aniversario, Bodegas Familiares! Es un orgullo haber formado parte de esta celebración.
¿Estuviste en la cata o has probado alguna de estas añadas? ¡Déjame tus impresiones y abramos debate en los comentarios!


