Los roedores más famosos: De Mickey Mouse al Ratoncito Pérez
Los icónicos ratones de González Byass, no son criaturas que pertenezcan a la mitología, ni tan siquiera son extraídos de la literatura juvenil, o del ámbito del cine y la animación, como el mítico Mickey Mouse creado para el cine por Walt Disney, o el astuto roedor Jerry de la serie de dibujos animados Tom y Jerry, tampoco hablamos de la rata gourmet de la peli «Pixar Ratatouille» soñando que algún día llegará a ser chef de cocina, o Gerónimo Stilton, un inteligente ratón trotamundos, reportero y periodista, y qué decir del Ratoncito Pérez, el más cercano, íntimo y familiar, generoso donde los haya, sobretodo para los peques de la casa, él aparece en forma de duende y deposita unas monedas o billetes que esconde debajo de la almohada donde descansa y duerme el niño que sueña con los angelitos. Es su pequeña compensación por la pérdida de los primeros dientes de leche de los benjamines de la casa.
Nuestros ratones protagonistas en este relato, son puros y reales de carne y hueso como la vida misma. En su día pecaron de intrusos y ocupas pululando por las naves y escondrijos situados detrás de los barriles de las bodegas González Byass, hoy en día han sido aceptados y ostentan el rango de ilustres inquilinos, viven y pernoctan entre botas y soleras, no pagan ningún tipo de peaje, ni impuestos, ni hacen la declaración de la renta, es más, tienen el alimento y el techo garantizado, ellos se embriagan del sutil néctar que les proporciona la bodega. Para alcanzar tan suculenta bebida, sólo tienen que hacer un ligero ejercicio, trepar por una escalera hasta alcanzar el catavinos deseado, son roedores sibaritas con pedigrí.
La rocambolesca historia de los ratones de González Byass tiene sabor de leyenda.
La ciudad de Jerez -capital del vino de Andalucía- no solamente es famosa en el mundo entero por sus vinos, los caballos cartujanos y el cante flamenco, lo es también por los ilustres ratones de González Byass.
Sí ya el jerezano Padre Luis Coloma escribió en el año 1894 un cuento infantil titulado «El Ratoncito Pérez», del que ya hemos aludido, siendo el.más bondadoso para los niños, no se quedan a la zaga los ratones de González Byass que disfrutan de universal notoriedad, son una estirpe de roedores, tan listos o más que sus colegas de raza, los ratones coloraos; cautelosos, avispados y astutos, no se amilanan ante el mundanal ruido que les rodea y acecha, ni de forasteros y turistas, no de amantes del vino que visitan la bodega, ellos son uno de los atractivos de la bodega.
La historia real del capataz Pepe Gálvez y sus célebres ratones
Uno de los autores de la vida y obra de los ilustres ratones, José Castaño Rubiales, le dedica unos párrafos a José Gálvez Buzón, personaje que tiene mucho que ver con la historia de los afamados roedores. Extraigo algunos detalles de sus extensos cuadernos:
«…posiblemente estos ratones jerezanos han sido los más conocidos en los cinco continentes. Especialmente los ratones bodegueros que han sido objeto de libros y cuentos, películas y millones de fotos de cuántos visitantes de todo el mundo han pasado por las bodegas de González Byass. A pesar de ello, se conoce el origen que dio lugar a estos ratoncillos del vino de Jerez.»
Prosigue:
«He leído bastantes historias sobre el mismo creador, pienso que ninguno tuvo la oportunidad de conocerlo muy de cerca. Aquello sucedió cuando me convertí con apenas quince años en su barbero en la calle Bizcocheros, muy cerca de la Antona de Dios n° 1, que era donde el tal Pepe Gálvez vivía y moriría allí. José Gálvez Buzón había nacido a finales del siglo XIX en Sanlúcar de Barrameda. Muy joven sus paisanos, los González de Soto, le trajeron para que trabajase en sus bodegas de las que llegaría a ser capataz.
Gálvez era bajo de cuerpo, regordete y con unos brillantes ojos azules, aderezado de un fuerte carácter. Una circunstancia que no fue óbice para tener un gran afecto por su parte. Está es la razón por la cual me contaba en repetidas ocasiones la historia de los ratones.
Aquel capataz se sentaba en una de las patriarcales sillas de enea. Desde allí observaba las faenas y el trasiego en la bodega de arrumbadores, especialmente cuando autorizaba al personal a tomar las habituales copas del barril (la llamada gasto) pendientes que bebieran más de la cuenta.
Un catavinos de vino dulce y trocitos de queso
Un buen día Pepe (José Gálvez), en el silencio de la bodega, observó como un ratoncito (sagutxo) se acercaba sigilosamente hacia un «charquito» producido por el goteo de una canilla de una bota de vino dulce. Se acercó y comprobó como el ratón bebía con mucho deleite, pero al escuchar un ruido quiso emprender la huida. Al pequeño roedor le costó encontrar su escondrijo; clara evidencia de que se había emborrachado.
Todos los días aparecía el ratón a beber y Pepe Gálvez, el capataz, disfrutaba pensando que hasta los ratones les gustaba el néctar de Jerez. Así que decidió como suplemento echarle unos trocitos de queso.
Su sorpresa fue que al poco tiempo fueron llegando otros ratones con las mismas intenciones que su antecesor. Las borracheras y el queso eran tan compartidos que la clientela aumentó de tal manera, que Gálvez ideó poner en el suelo de la bodega, varios catavinos llenos de vino dulce. De este modo facilitaba el bebercio a los ratones y pronto encargó a los toneleros de la bodega que les hiciesen unas escaleritas de varios peldaños, de manera que llegasen a los bordes de la copa…
El espectáculo que proporcionaban aquellos ratones fue tan notorio, que comenzó a ser tan visitado y celebre que la familia González Byass le hicieron saber a Pepe Gálvez que aquello no era muy ortodoxo ni edificante, de manera especial para las muchas damas que visitaban la bodega, temerosas de los ratones.
Al final tanto los dueños de la bodega como los amigos de Pepe, tuvieron que claudicar, sabiendo que la reacción del viejo capataz sería negativa ante una hipotética prohibición.
Tuvieron que aceptar y asumir la evidencia; eran tantas las visitas que los ratones estaban atrayendo a todo el mundo, que no se atrevieron a contradecirlo.
Escaleras de tonelero y celosías contra los gatos
Circunstancia que aprovechó Pepe Gálvez para pedir que pusieran unas celosías por todo el perímetro de la bodega, temiendo que entrase algún gato y acabase con los ilustres roedores y en consecuencia con el espectáculo.
Aún así en una noche aciaga se coló un gato e hizo tal escabechina en la colonia ratonera, que acabó con casi todos ellos.
El disgusto fue tan tremendo que Gálvez decidió montar guardia, sentado en su sillón de enea, estaba pertrechado con una escopeta de cartuchos cargada, dispuesto a vengarse del asesino de sus ratones.
Años más tarde, ni que decir que José Gálvez Buzón(Pepe) se murió con la satisfacción de saber que sus queridos ratones seguían correteando por entre la crujía y bebiendo el vinillo de Jerez a placer en la bodega de Constancia, que entonces ya sería célebre y conocida en el mundo entero, como la bodega de los ratones del vino de Jerez.»
Los susodichos ratones son solo una parte del anecdotario popular, consustancial con la historia de la bodega, casi centenaria(1835).
La Bodega González Byass: Un icono de Jerez de la Frontera
González Byass, además de la elaboración de sus excelsos caldos, engloba otros muchos atractivos dentro de su extenso perímetro de 374.000 metros cuadrados de superficie, tiene un parque de 60.000 botas de vino, y 15.000 metros cuadrados de espacios naturales y zonas ajardinadas. Este gran complejo bodeguero engloba varios edificios singulares, naves y bodegas, calles empedradas y emparradas de uvas que producen una deliciosa sombra. Son referente de tradición vitivinícola y con arraigo y sabor de antaño, por ahí se expanden los aromas que impregnan sus patios andaluces.
La bodega es perfectamente visible desde diferentes puntos de la ciudad de Jerez de la Frontera.
Es recomendable montarse en el trenecillo y viajar por su pasado y su historia alcanzando los lugares más recónditos de esta Ciudad del Vino.
Tío Pepe: La mascota universal del vino de Jerez
Siempre hay que destacar la figura de su mascota, el tierno y sempiterno personaje Tío Pepe, humaniza la botella del fino de Jerez, siempre muy apuesto y ataviado con su chaquetilla andaluza, sombrero de ala ancha cordobés, y para amenizar cada momento, portando la guitarra española, simbolizando los valores de la cultura del vino y el flamenco. Su figura universal, ya parte desde el kilómetro cero, en la Puerta del Sol de Madrid, y es más omnipresente y luminosa si cabe, coincidiendo con las campanadas de Nochevieja recibiendo el Año Nuevo, ícono para los millones de ciudadanos que residen en la capital de España.
